Lucía caminó rápido por el camino de tierra que conducía al edificio abandonado. La brisa nocturna era helada y el cielo, una mancha oscura sin luna.
Todo a su alrededor estaba envuelto en silencio, salvo por el ruido de sus tacones chocando con el suelo agrietado.
Miró hacia atrás varias veces, con el corazón latiendo, desbocado, convencida de que alguien la seguía.
Pero no vio a nadie. Solo sombras y ese miedo punzante que le recorría la espalda como una corriente eléctrica.
Cuando al fin llegó, levantó la vista hacia la estructura.
El edificio parecía un monstruo dormido: ventanas rotas, paredes grises, puertas oxidadas.
Tragó saliva. No quería entrar, pero no tenía otra opción. Subió los peldaños de la escalera, pues el ascensor llevaba meses sin funcionar.
Cada paso resonaba con un eco hueco, y el olor a humedad la envolvía.
Al llegar al tercer piso, se detuvo frente a una puerta pintada de negro. Golpeó dos veces, con los nudillos temblorosos.
No hubo respuesta. Estaba a punto de