Un mes después.
Liam estaba sentado en la sala amplia, silenciosa y tibia del consultorio. Había regresado a ese espacio tantas veces durante las últimas semanas que ya no le parecía extraño; sin embargo, esa tarde algo dentro de él se sentía distinto. Un ligero temblor en las manos. Un vacío pesado en el pecho. Como si estuviera parado frente a una puerta que debía abrir… pero que le daba miedo atravesar.
El terapeuta lo observaba con una paciencia profunda, esa calma que parecía envolver todo el cuarto.
—Liam —dijo con voz suave—, ¿estás listo para el perdón?
La pregunta tomó un segundo en asentarse en su mente. Liam bajó la mirada. No quería precipitarse. Pero tampoco quería seguir viviendo atrapado en el mismo laberinto interior. Respiró hondo.
Asintió.
El doctor inclinó la cabeza con seriedad, como quien reconoce un acto de valentía invisible.
—Bien —dijo, acomodándose en su silla—. Entonces comenzamos. Recuéstate. Cierra los ojos.
Liam obedeció. Sintió el diván bajo su espalda, l