Amara salió casi corriendo, respirando agitada, con las manos temblorosas, pero sin soltar ni un segundo aquella carpeta llena de pruebas que había logrado conseguir por su cuenta.
La sostuvo contra su pecho como si fuera un escudo, el último que le quedaba en una guerra que no había pedido, pero que ahora estaba obligada a pelear.
Mientras avanzaba por los pasillos del edificio, sintió que sus pasos retumbaban dentro de ella como un eco lejano.
Cada paso era un recordatorio de que ya no era la