Amara salió casi corriendo, respirando agitada, con las manos temblorosas, pero sin soltar ni un segundo aquella carpeta llena de pruebas que había logrado conseguir por su cuenta.
La sostuvo contra su pecho como si fuera un escudo, el último que le quedaba en una guerra que no había pedido, pero que ahora estaba obligada a pelear.
Mientras avanzaba por los pasillos del edificio, sintió que sus pasos retumbaban dentro de ella como un eco lejano.
Cada paso era un recordatorio de que ya no era la misma Amara que un día creyó en la bondad, en el amor, en los socios leales. Esa mujer había muerto.
Y aunque aún sentía que le faltaba fuerza y orgullo, también comprendía que no tenía nada más que perder.
“¿Qué más pueden quitarme, si ya lo perdí todo?”, pensó, y esa idea se convirtió en un impulso brutal que la empujó hacia adelante.
Cuando llegó al salón principal, escuchó el ruido ensordecedor de las cámaras, los flashes, los murmullos de los periodistas que se disputaban las mejores tomas.