Cuando la madrugada finalmente llegó, el frío se volvió insoportable.
La lluvia, lejos de detenerse, parecía cobrar más fuerza, azotando el jardín como si el cielo entero estuviera celebrando la tragedia de Amara. El viento helado le cortaba la piel, y aun así ella seguía arrodillada, revisando cada rincón, cada matorral, cada pedazo de tierra removida.
Paolo, que observaba desde hacía horas a través de las ventanas de la mansión, ya no pudo contenerse. Su corazón, aunque era un hombre disciplin