La ambulancia llegó tan rápido que las sirenas aún resonaban en la cabeza de Travis cuando los paramédicos bajaron la camilla.
En el suelo, Sídney yacía pálida, con la mirada perdida. Travis la tomó entre sus brazos sin pensar, como si con eso pudiera devolverle el aire, el pulso, la vida que parecía escapársele.
—¡Déjenme subir con ella! —rugió.
Orlando intentó seguirlos, pero Travis se interpuso, furioso.
—¡Ella es mi mujer! ¡La madre de mis hijos! ¡Tengo derecho a estar con ella! —sus palabra