—¡Mocoso! —gritó con voz cargada de rabia y desesperación—. ¡Habla! ¿Quién es tu madre? ¡Es ella! —dijo, mostrando el teléfono con firmeza y una chispa de furia en sus ojos.
El niño, pequeño e indefenso, le enseñó la lengua con descaro infantil, como si entendiera que la provocación era la única defensa que tenía.
La mujer alzó la mano, amenazante, y en ese instante Liam comenzó a llorar aún más fuerte, sus sollozos llenando la habitación de un eco angustioso que partía el corazón de Leslie.
La