Liam despertó al día siguiente por el sonido insistente de su teléfono. Tardó unos segundos en reaccionar; la cabeza le pesaba, el cuerpo estaba entumecido y el cansancio se le había adherido a la piel como una sombra húmeda. Logró estirar la mano hasta encontrar el celular.
—¿Sí? —dijo con la voz ronca.
Una voz femenina, amable, pero profesional, respondió al otro lado.
—Señor Mayer, buenos días. Solo para recordarle su cita con el doctor Pauman hoy a las tres de la tarde.
Liam se quedó en sile