Cuando Sídney abrió los ojos, lo primero que escuchó fue un ronco canto, una voz baja que murmuraba una melodía de cuna.
Por un instante no supo en dónde estaba.
La habitación era cálida, tenue, el aire olía a madera recién pulida y a lavanda.
Su mente estaba nublada, como si el sueño aún la abrazara con sus manos invisibles.
Pero entonces, de golpe, el recuerdo del día anterior regresó como una ola.
El fuego. Los gritos. La explosión. Sus hijos.
Se incorporó bruscamente, con el corazón palpita