Cuando Sídney abrió los ojos, lo primero que escuchó fue un ronco canto, una voz baja que murmuraba una melodía de cuna.
Por un instante no supo en dónde estaba.
La habitación era cálida, tenue, el aire olía a madera recién pulida y a lavanda.
Su mente estaba nublada, como si el sueño aún la abrazara con sus manos invisibles.
Pero entonces, de golpe, el recuerdo del día anterior regresó como una ola.
El fuego. Los gritos. La explosión. Sus hijos.
Se incorporó bruscamente, con el corazón palpitando a un ritmo frenético. Su respiración se aceleró y el miedo se le apretó en el pecho. Miró a su alrededor, desorientada. Hasta que lo vio.
Travis estaba allí.
De pie, junto a la ventana, con la luz del amanecer filtrándose detrás de él.
En sus brazos sostenía a la pequeña Stelle, arrullándola con una ternura que le rompió el alma.
Su voz ronca cantaba una canción que Sídney solía entonar cuando Liam era apenas un bebé.
Era la primera vez en mucho tiempo que Sídney veía esa faceta de él: el ho