Al día siguiente.
Amara despertó con una emoción que casi la hizo olvidar respirar. Rara vez se sentía así: ligera, femenina, llena de esperanza.
Pasó gran parte de la mañana arreglando el departamento, como si la armonía del lugar pudiera ayudarla a calmar el corazón. Pero nada la tranquilizaba.
A las cinco, abrió el armario y eligió un vestido que tenía guardado desde hacía meses. Era nuevo, aun con la etiqueta, un tono brillante que resaltaba su piel.
Lo sostuvo contra su cuerpo y sonrió.
“Es