Paolo iba a toda velocidad, aferrado al volante, como si la vida entera dependiera de ello. El motor rugía, los neumáticos chillaban al doblar las esquinas y los semáforos en rojo quedaban atrás como simples luces que él no estaba dispuesto a obedecer.
A su lado, Liam casi no podía respirar; tenía las manos temblorosas, los ojos inyectados de desesperación y el corazón golpeándole las costillas con una violencia que jamás había sentido.
Estaba fuera de sí. No pensaba, no razonaba.
Solo repetía una idea fija, brutal, ardiente: alcanzarla.
Porque Amara se iba. Y él no podía permitirlo. No otra vez. No así.
***
Mientras tanto, Amara descendió del auto al llegar al aeropuerto.
El chofer apenas tuvo tiempo de despedirse antes de que ella se perdiera entre las puertas automáticas, caminando con una calma que no coincidía con el huracán que llevaba dentro.
Su cabello, todavía húmedo por las lágrimas que había intentado ocultar, caía sobre sus mejillas. Tenía un boleto en la mano.
París. Un d