Paolo iba a toda velocidad, aferrado al volante, como si la vida entera dependiera de ello. El motor rugía, los neumáticos chillaban al doblar las esquinas y los semáforos en rojo quedaban atrás como simples luces que él no estaba dispuesto a obedecer.
A su lado, Liam casi no podía respirar; tenía las manos temblorosas, los ojos inyectados de desesperación y el corazón golpeándole las costillas con una violencia que jamás había sentido.
Estaba fuera de sí. No pensaba, no razonaba.
Solo repetía