Liam abrió los ojos lentamente, con la cabeza pesada y el corazón, latiéndole como si hubiera corrido un maratón. La habitación estaba en penumbra, las cortinas cerradas, y el olor a alcohol impregnaba el aire. Lo primero que vio fue a su padre, Travis, de pie frente a él, observándolo en silencio.
Pero no fue Liam lo que lo dejó sin aliento a Travis: fueron las fotografías desperdigadas por todo el suelo, la alfombra, la cama, incluso sobre su propio pecho.
Fotos de Amara. Su sonrisa tímida, su mirada herida, su rostro iluminado por la luz de una ventana. Cada imagen era como una puñalada directa al alma.
Travis tragó saliva con dificultad. En su interior, algo se quebró. Ver a su hijo así lo enfrentó a un espejo cruel.
"Yo también destruí lo que más amaba", pensó con amargura.
"Le rompí el corazón a Sidney, y aún hoy no sé cómo ella tuvo la fuerza para volver a mí. La amé, la amo, y cada día intento ser un hombre mejor por ella. Pero… ¿Y si mi hijo no consigue encontrar el camino de