Zayed estrechó la mano de Alessandro con una fuerza medida, sosteniendo el apretón más tiempo del necesario. Una sonrisa arrogante, casi imperceptible, se dibujó en las comisuras de sus labios mientras sus ojos oscuros se clavaban en los azules de De Luca. Ambos hombres se quedaron inmóviles, midiéndose en un silencio que pareció eterno. La tensión era palpable en el aire. Alessandro no retrocedió ni un milímetro; su mandíbula estaba tan tensa que el músculo de su mejilla saltaba rítmicamente.