Ginevra apretaba el volante con una fuerza desmedida, sintiendo cómo el cuero se hundía bajo la presión de sus dedos. Conducía de regreso a su casa con la visión nublada; intentaba apartar las lágrimas que escurrían por sus mejillas con el dorso de la mano, pero era un esfuerzo inútil. El llanto bajaba una y otra vez, empañándole la vista mientras el asfalto parecía estirarse infinitamente ante ella. Sabía perfectamente que, si no cumplía con cada una de las demandas que su padre le había impue