Amelia sintió que el sol caliente de Milán acariciaba su rostro con una insistencia molesta, filtrándose a través de las cortinas que no habían sido cerradas del todo. El calor en su piel contrastaba con la sensación de pesadez que sentía en los párpados, como si sus ojos estuvieran sellados con plomo. Aún somnolienta, abrió los ojos con suavidad, parpadeando contra la claridad excesiva de la habitación, pero enseguida el letargo desapareció para dar paso a un pánico frío que le recorrió la esp