Alessandro se abalanzó sobre el cuerpo del árabe con una ferocidad ciega, transformado en un animal. Sus puños golpeaban el rostro de Zayed con un ritmo mecánico y devastador; cada impacto era una descarga de odio puro que Amelia sentía vibrar en el aire de la suite. Ella permanecía estática, con la espalda pegada a la cama, escuchando el crujido húmedo de los huesos de la nariz rompiéndose y el chasquido de la mandíbula de Zayed al desencajarse. La sangre salía a borbotones, salpicando la alfo