Alessandro salió de la casa de su madre como un espectro andante, con el rostro desencajado y la mirada fija en un punto inexistente. Condujo a toda velocidad hacia la mansión, ignorando las señales de tránsito y la velocidad del motor que rugía bajo sus pies, hasta que se estacionó con un chirrido metálico en las llantas que resonó en todo el vecindario.
El corazón le latía rápido, golpeando con violencia contra sus costillas, y las sienes le ardían con una pulsación que amenazaba con estalla