—Amelia, por favor... —intentó decir Alessandro, estirando una mano para tocarla, pero en cuanto sus dedos rozaron el borde de la sábana, ella comenzó a gritar como loca. Eran gritos desgarradores, cargados de un pánico genuino que erizaba la piel, una reacción visceral que denotaba que su sola cercanía le provocaba náuseas y terror. El sonido estridente llamó de inmediato la atención de Rebeca, quien entró a la habitación asustada, con el rostro pálido y el corazón en un puño al ver a su niña