Las prendas húmedas, pesadas por el agua de la lluvia y el sudor de una noche agotadora, cayeron al piso del baño con un sonido sordo. Amelia soltó un suspiro cargado de frustración y se metió debajo de la regadera, dejando que el chorro de agua golpeara su piel con fuerza. El cuerpo le ardía, no por el contacto del agua, sino por el torbellino de pensamientos que no dejaba de dar vueltas en su mente. Se preguntaba una y otra vez si era justo para ella, o para la criatura que empezaba a formars