Amelia apretaba el volante con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. El dolor en su mejilla, donde el golpe de su madre todavía ardía, no era nada comparado con la rabia que sentía revolviéndole el estómago. Estaba harta. Estaba cansada de repetirle a todo el mundo que lo de Isabella había sido un accidente, un giro cruel del destino y no un plan macabro ideado por ella. Le agotaba el desprecio de su propia madre, que nunca había perdido la oportunidad de recordarle que la hija equ