Mundo ficciónIniciar sesiónAmelia apretaba el volante con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. El dolor en su mejilla, donde el golpe de su madre todavía ardía, no era nada comparado con la rabia que sentía revolviéndole el estómago. Estaba harta. Estaba cansada de repetirle a todo el mundo que lo de Isabella había sido un accidente, un giro cruel del destino y no un plan macabro ideado por ella. Le agotaba el desprecio de su propia madre, que nunca había perdido la oportunidad de recordarle que la hija equivocada era la que seguía respirando. Pero, sobre todo, estaba harta de que todos, desde su esposo hasta su propia sangre, la usaran como un trapo viejo que podían pisotear a su antojo. En medio de la oscuridad de la carretera, una idea empezó a tomar forma con una fuerza que nunca antes había sentido: tenía que buscar la manera de cambiar, y tenía que hacerlo ya.
Cuando Amelia aceptó casarse con Alessandro, lo hizo movida por una mezcla de deber y un amor ciego que hoy le parecía patético. Había aceptado cumplir la promesa que su padre le hizo al difunto padre de Alessandro el de unir sus apellidos para siempre y al quedar solo ella para eso, fue el borrego que tuvieron que sacrificar. En aquel entonces, su familia estaba al borde del abismo. Su madre, con su adicción incontrolable a las apuestas y al alcohol, había logrado que las empresas Moretti quebraran de forma estrepitosa. Sin el dinero y el respaldo de la familia De Luca, los Moretti habrían terminado en la calle, despojados de sus lujos y de su apellido. Amelia sabía que sus padres estaban desesperados por mantener su posición económica y ella, por amor a un hombre que no la quería y por lealtad a unos padres que no la valoraban, aceptó el sacrificio. Sin embargo, la ironía era que la fortuna de los De Luca, había crecido considerablemente en los últimos años gracias al trabajo duro de Amelia, a su visión en los negocios y a su gestión impecable. Ella era la que mantenía el barco a flote, y no iba a permitir que todo ese esfuerzo terminara en las manos de un hombre que solo sabía humillarla. Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano, respirando hondo para tratar de calmar el temblor de su cuerpo, y detuvo el auto frente a la mansión. Como era de esperarse, el auto deportivo de Alessandro no estaba en la entrada. El silencio de la propiedad era absoluto, un silencio que le gritaba que él seguía en algún lugar, seguramente revolcándose con su amante, celebrando el futuro hijo que vendría a desplazarla por completo. Sintió un amargo involuntario en la garganta, una mezcla de celos residuales y puro asco, pero apretó los dientes y avanzó hacia el interior de la casa. Sus pies le dolían por el cansancio acumulado de un día que parecía no tener fin, y su corazón latía con una intensidad que le provocaba una presión molesta en el pecho. Al entrar en la cocina, el silencio de la casa le pareció más pesado que de costumbre. Vio el té que la empleada le había dejado preparado sobre la encimera y, sin pensarlo mucho, buscó una pastilla para dormir en el botiquín de emergencia. Necesitaba apagar el cerebro, necesitaba dejar de escuchar las voces de su madre y de Alessandro repitiendo que no servía para nada. Se tomó la pastilla con un trago de té tibio y subió las escaleras con movimientos mecánicos. Su único objetivo era descansar para poder pensar con claridad al día siguiente, porque sabía que lo que estaba a punto de hacer cambiaría su vida para siempre. Cuando entró en su habitación principal, el recuerdo de lo que había presenciado en esa misma cama la golpeó como un balde de agua fría. La imagen de Alessandro con Ginevra, los sonidos, el olor a traición que parecía haberse quedado impregnado en las paredes, le provocaron una náusea repentina. Sintió que ni todo el jabón del mundo podría borrar la suciedad de ese lugar. Sin pensarlo dos veces, arrancó las sábanas limpias y tomó su almohada, caminando con paso decidido hacia la habitación de huéspedes que estaba al final del pasillo. No dormiría en esa cama podrida ni una noche más. Estaba harta de revolcarse en la m****a, de aceptar las sobras de una intimidad que nunca fue suya y de permitir que su espacio sagrado fuera profanado por la indiferencia de su marido. Una vez dentro de la habitación de huéspedes, pasó el seguro de la puerta con un clic rotundo que le dio una extraña sensación de seguridad. Necesitaba aislarse del resto del mundo. Con movimientos lentos, empezó a quitarse la ropa pesada y holgada que siempre usaba. Se deshizo del suéter gris y de los pantalones anchos, pero mientras se quitaba la camisa frente al espejo del vestidor, se detuvo en seco. Por primera vez en mucho tiempo, se miró de verdad. Sin las capas de tela que usaba para esconderse, se dio cuenta de que tenía un cuerpo hermoso, una figura que ella misma había decidido ignorar para no llamar la atención. Sus pechos se veían llenos y firmes, con un lunar grande en uno de ellos que, lejos de ser un defecto, le daba un aire sexy y distintivo que nunca había explotado. Tenía una cintura pequeña, que contrastaba con un trasero repingado y unas piernas largas que la hacían ver mucho más alta de lo que se sentía cuando usaba sus zapatos planos. Amelia se quedó inmóvil, observando las curvas de su propio cuerpo bajo la luz tenue de la habitación. No podía entender por qué m****a había decidido taparse durante tanto tiempo, por qué se había empeñado en parecer un saco de papas cuando tenía todas las herramientas para ser una mujer impactante. Pero, de repente, los recuerdos empezaron a fluir en su mente, recordándole exactamente el momento y la razón por la cual decidió cubrirse. Años atrás… Amelia tenía apenas siete años cuando el veneno de las palabras empezó a calar en su piel. Estaba frente al espejo del tocador de su madre, probándose un collar de perlas que le quedaba enorme, cuando Isabella entró en la habitación. Isabella, con sus diez años y esa belleza que ya empezaba a deslumbrar a todos, no se acercó para jugar. Se detuvo en el umbral de la puerta, cruzó los brazos y soltó una carcajada que sonó a cristal roto. —Mírate, Amelia. Das lástima —dijo Isabella, acercándose con pasos lentos y seguros—. ¿De verdad crees que esas perlas te quedan bien? Solo sirven para resaltar lo fea que eres. Amelia bajó la mirada, apretando el collar entre sus dedos pequeños. —Papá dice que soy bonita —susurró con la voz temblorosa. —Papá te miente porque le das pena —sentenció Isabella, poniéndose detrás de ella para que ambas se vieran en el reflejo. La diferencia era hiriente—. Mira mis ojos, son brillantes, verdes como el mar. ¿Y los tuyos? Tus ojos no tienen ninguna gracia, Amelia. Son del color de la m****a. Tienes un rostro patético, como si estuvieras pidiendo perdón por existir. La pequeña Amelia sintió que un nudo se le formaba en la garganta y las primeras lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas. —¡No es cierto! —chilló, aunque su voz no tenía fuerza. —Es la verdad y mejor que lo aprendas ahora —continuó Isabella con una frialdad que no correspondía a su edad—. Deberías cubrirte. Usa ropa que no deje ver lo flaca y deforme que eres. Si la gente te ve mucho, se darán cuenta de lo desagradable que es tu cara. Haznos un favor a todos y escóndete, Amelia. Nadie quiere ver a un renacuajo cuando puede mirarme a mí. Amelia rompió a llorar, ocultando su rostro entre sus manos, mientras escuchaba los pasos de su hermana alejándose, dejándola sola con la imagen de una niña que, desde ese día, empezó a odiar su propio reflejo. … De vuelta a la realidad, Amelia se apartó con brusquedad las lágrimas que bajaban por sus mejillas. El recuerdo de los insultos de Isabella todavía escocía, pero esta vez el dolor no la paralizó. Se miró fijamente en el espejo de la habitación de huéspedes, observando su cuerpo desnudo bajo la luz mortecina. Estaba cansada. Estaba harta de que lo que otros pensaran o dijeran afectara directamente su vida, sus decisiones y su valor como ser humano. Había pasado años cumpliendo la profecía de una hermana y de una madre que nunca la quiso. Se había escondido bajo capas de tela y complejos que no le pertenecían, todo para no molestar, para no destacar, para ser la sombra que todos esperaban que fuera. Pero mientras sentía el ardor de la bofetada de su madre en una mejilla y el eco del desprecio de Alessandro en su mente, algo en su interior terminó de romperse. —Ya no más —susurró para sí misma, y su voz sonó más firme que nunca. No iba a permitir que otros hicieran con ella lo que les diera la gana. No iba a ser más el saco de boxeo de Alessandro ni la vergüenza de los Moretti. Si ellos querían una mujer rota, se iban a encontrar con una muralla. Si Alessandro quería un divorcio para ser feliz con su amante, ella se lo daría, pero se aseguraría de que primero le diera la mitad de todo lo que tenía.






