Mundo ficciónIniciar sesiónGinevra pasaba las manos por el pecho desnudo de Alessandro con una lentitud calculada, intentando recuperar la conexión que parecía haberse esfumado tras el altercado en la fiesta. Sus uñas pintadas de un rojo pasión acariciaban con admiración sus hombros, bajando por su cuello hasta llegar a su abdomen, donde los músculos seguían tensos. El miembro duro y goteante de Alessandro ya estaba dispuesto para ella, una señal biológica que Ginevra interpretó como una invitación. Sin embargo, justo cuando ella iba a sostenerlo entre sus dedos para guiarlo hacia su cuerpo, él la apartó con una brusquedad que la dejó descolocada sobre el colchón de aquel lujoso departamento donde se refugiaban.
—Es mejor dormir. Mañana tengo una junta de negocios importante y necesito descansar de verdad —dijo él, cortando el ambiente de tajo. Sin mirar a la mujer que lo observaba con desconcierto, se puso de pie y comenzó a colocarse la ropa de dormir que había dejado allí la noche anterior. Su voz no admitía réplicas, era el mismo tono distante que utilizaba en la oficina, una frialdad que levantaba muros infranqueables. Ginevra apretó los labios con fuerza mientras lo veía vestirse, sintiendo una mezcla de frustración y humillación que empezaba a volverse cotidiana. Siempre era lo mismo con él; la tomaba cuando sentía la necesidad física y la desechaba en cuanto su mente volvía a sus problemas o a sus sombras. Pero ella lo amaba con una intensidad enfermiza y por eso permitía todo lo que él le hacía. Había aceptado la humillación de meterse en la cama de su esposa para marcar territorio y, lo más difícil de todo, estaba fingiendo un embarazo que cada día era más complicado de sostener. Cada mes, sin falta, Alessandro se encargaba personalmente de llevarla a inyectarse anticonceptivos de larga duración, esperando pacientemente en la clínica hasta que el procedimiento terminaba, porque le había dejado claro que no tendría hijos con ella. Ahora, Ginevra se sentía atrapada entre la sombra de la difunta Isabella y la presencia de Amelia, la mujer que él decía no amar pero que ocupaba demasiado espacio en sus ataques de ira. —¿Por qué buscas hacerle siempre tanto daño? —preguntó Ginevra desde la cama, sin poder contener la curiosidad que la carcomía—. No entiendo por qué siempre buscas la manera de verla llorar, de que sufra por ti. Si ya vas a divorciarte de ella, ¿por qué seguir torturándola? Alessandro apretó los dientes hasta que estos rechinaron, sintiendo cómo la pregunta le rascaba una zona sensible que no quería explorar. Se pasó una mano por el cabello, desordenándolo, y miró a su amante con un fastidio que no intentó ocultar. Siempre le hacía la misma pregunta y él mismo no tenía una respuesta clara, pero en ese momento las palabras salieron de su boca antes de que pudiera detenerlas por completo. —Porque me molesta su presencia. Su olor a arándanos me irrita a un nivel que no puedo explicar, y me fastidia saber que ella fue la que provocó que la mujer que amaba muriera y la que está logrando que... —Tragó saliva con dificultad, deteniéndose justo antes de confesar algo que ni él mismo quería admitir. Se dio la vuelta, dándole la espalda a Ginevra, y se hundió en su lado de la cama, cerrando los ojos para bloquear cualquier otra pregunta. A la mañana siguiente, cuando Alessandro llegó a la mansión, el silencio que se sentía en el aire era casi insoportable. Por un momento breve, sintió una punzada de duda, creyendo que Amelia finalmente se había largado de la casa después de lo ocurrido en la fiesta. Estaba acostumbrado a escuchar los sonidos metálicos de la cocina, el ruido de los platos y el aroma del café recién hecho que ella siempre le preparaba. Aunque él rechazaba aquellos alimentos con palabras hirientes, la verdad era que solía comerlos a escondidas en cuanto ella salía de la habitación. Cocinaba delicioso, tenía un talento natural para los sabores que él no iba a negarle a nadie, y después del encuentro sexual frustrado con Ginevra, la verdad es que se le antojaba su comida. Apenas puso un pie en el living, un sonido fuerte y seco lo hizo girar la vista hacia las escaleras. Amelia estaba allí, pero no era la mujer sumisa que él conocía. Estaba arrastrando, con una fuerza física que él no sabía que ella poseía, el colchón de su cama matrimonial hacia la baranda del piso superior. Su rostro estaba serio, libre de las lágrimas de la noche anterior. Sin previo aviso y con un empujón final, lanzó el pesado colchón por el hueco de la escalera. El objeto cayó al suelo del living con un estruendo que pareció hacer vibrar los cimientos de la mansión. —¡Rebeca! —la voz de Amelia resonó con una autoridad nueva mientras clavaba sus ojos directamente en su esposo, que la miraba desde abajo sin poder creer lo que veía. Alessandro se quedó inmóvil, observándola con una mezcla de sorpresa y una curiosidad que no pudo reprimir. Amelia tenía el cabello castaño suelto, cayendo en ondas desordenadas que le llegaban hasta las caderas, y vestía un camisón de abuela blanco con puntos que, lejos de hacerla ver ridícula, revelaba mucho más de lo que él recordaba. La tela se pegaba a su cuerpo y, bajo esa luz, pudo notar que sus senos se veían enormes y firmes, marcando su silueta de una forma que nunca antes había notado bajo su ropa ancha. —Por favor, bota ese colchón ahora mismo —le ordenó Amelia a la ama de llaves, que acababa de aparecer en el living asustada por el ruido—. Y envía a que me cambien la cama completa hoy mismo. No me quiero seguir revolcando en la m****a —sentenció ella, bajando las escaleras con paso firme hasta quedar frente a Alessandro. Las piernas de Amelia temblaron ligeramente al reducir la distancia, pero no retrocedió. Alessandro era demasiado alto, demasiado imponente con su traje perfecto y sus ojos gélidos que nunca mostraban un gramo de remordimiento, pero ella ya no sentía el mismo miedo paralizante. El dolor de la bofetada de su madre y la humillación de la noche anterior se habían convertido en un escudo de acero. —Y tú —dijo ella, pegando sus dedos con fuerza contra el pecho de él, justo sobre su corazón—, ¡no volverás a revolcarte en mi cama nunca más! No me importa a quién traigas o qué hagas fuera de aquí, pero mi habitación se respeta. Desde ahora en adelante, mi presencia se va a respetar, Alessandro De Luca. ¿Lo entiendes o te lo tengo que explicar con manzanas?No sé olviden dejar su reseña y también su votos al final del capítulo..







