El rugido controlado de las hélices del helicóptero privado cortaba el aire de la tarde, levantando una suave brisa que agitaba los vestidos de los invitados que se habían agrupado en el helipuerto de la villa para despedirlos. Alessandro sostenía a Amelia firmemente de la cintura, guiándola con paso seguro hacia la aeronave. Ella lucía radiante, vistiendo un hermoso vestido de seda en un tono marrón chocolate que combinaba a la perfección con la calidez de sus ojos marrones, dándole un aire de