La luz del mediodía milanés se filtraba a través de los majestuosos vitrales de la antigua basílica, tiñendo el ambiente de destellos dorados y azules profundos. El aire estaba impregnado de una fragancia embriagadora de rosas blancas, lirios del valle y eucalipto que caían en hermosas cascadas desde pedestales de cristal a lo largo del pasillo central. Velas de cera natural, dispuestas en candelabros de plata, aportaban una calidez mágica que envolvía a los selectos invitados.
En los primeros