El sol de la tarde comenzaba a ocultarse detrás de las imponentes montañas suizas, tiñendo la lujosa suite del hotel en Lucerna con una luz cálida, dorada y sumamente íntima. El murmullo suave del lago se filtraba por el gran ventanal, creando una atmósfera de absoluta paz y privacidad.
Amelia se encontraba de pie frente al gran espejo de cuerpo entero del vestidor. Se había despojado de su hermoso vestido marrón de seda y, por un instante, se quedó estática contemplando su propio reflejo en un