El sol de la tarde caía con una tibieza dorada sobre el majestuoso jardín de la residencia De Luca, envolviendo el ambiente en una atmósfera de ensueño que se alejaba de la mística solemnidad de las catedrales para abrazar la frescura de la naturaleza. Para esta ocasión, el espacio había sido transformado por completo bajo una paleta de colores orgánicos y sofisticados: el marrón chocolate, el bronce y el beige arena dominaban cada rincón.
Grandes carpas de lino color crema se erigían sobre el