Tal como Rebeca le había prometido, la maleta ya la esperaba en la pista del aeropuerto privado. Amelia subió los escalones del jet con un nudo en el estómago, sintiendo la mirada de los guardias de seguridad en su nuca. En cuanto entró, se detuvo un segundo para asimilar el entorno. No era que no estuviera acostumbrada a los lujos por su posición en la empresa, pero aquel jet privado de los De Luca le pareció una exhibición de excentricidad absoluta. El interior estaba revestido en paneles de