Amelia se pasó las manos por la cara, tratando de despejar la bruma del sueño y la sacudida de la noticia que Alessandro acababa de soltarle. Se quedó mirando fijamente la puerta de madera por donde él se había marchado hacía apenas un minuto, sintiendo que el peso del mundo recaía de nuevo sobre sus hombros. No había tiempo para procesar la extraña intimidad de la madrugada ni el hecho de que habían compartido cama; lo que estaba pasando era realmente preocupante. Se puso de pie con las pierna