—¡Que esté viva, por favor, que esté viva! —exclamó Alessandro en medio de la crisis, con la voz ahogada por un terror que nunca antes había experimentado.
Apretó el cuerpo inerte contra su pecho,
buscando desesperadamente alguna señal que le devolviera la esperanza. Apoyó la oreja directamente sobre el pecho de Alessandra y, tras unos segundos de angustiante silencio, logró percibir un latido sutil, lento y errático, pero real. Seguía respirando de manera muy superficial.
Sin perder un solo s