Mundo ficciónIniciar sesiónCuando Isabella Moretti muere, su hermana menor queda atrapada en un destino que jamás eligió: ocupar su lugar y casarse con el hombre que fue su cuñado. Alessandro De Luca nunca ocultó su desprecio. Para él, Amelia Moretti no solo era una mujer poco agraciada, sino también la responsable silenciosa de la tragedia que le arrebató al amor de su vida. Casarse con ella fue un deber, no una elección… y jamás pensó tocarla. Amelia, en cambio, lo había amado en silencio durante años. Aceptó el matrimonio aun sabiendo que su esposo la miraría con frialdad, convencida de que el tiempo podría suavizar su odio. Pero todo se quiebra cuando Alessandro le anuncia que quiere el divorcio para casarse con su amante. La mujer que le dará un hijo. Humillada, herida, pero no vencida, Amelia decide cambiar su aspecto, pero en el camino se da cuenta que, vale más de lo que imaginaba y ahora es ella quien quiere divorciarse, provocando que Alessandro despierte en él una obsesión que no sabía que sentía por su esposa y ahora es él quien la quiere de vuelta. ¿Ella aceptará volver con él hombre que tanto daño le ha hecho? ¿O continuará con el divorcio sin importarle absolutamente nada?
Leer másAmelia dejó la cartera sobre el sofá de la sala apenas cruzó la puerta principal. El sonido sordo del cuero al caer fue lo único que rompió el silencio de aquella casa demasiado grande para una mujer que siempre se había sentido pequeña dentro de ella. Tenía el cuello adolorido por el viaje desde Nueva York a Milán, un dolor persistente que le recorría los hombros y le bajaba por la espalda como una punzada constante. Había pasado semanas fuera, encerrada entre reuniones, contratos y presentaciones interminables, culminando un proyecto que, para su sorpresa, había sido todo un éxito. Cualquiera habría esperado que regresara satisfecha, orgullosa, incluso feliz. Pero lo único que Amelia deseaba en ese momento era una ducha fría y dormir durante horas, desaparecer entre las sábanas y fingir que su vida no era exactamente lo que era.
Avanzó un par de pasos más dentro de la sala, dejando la maleta junto a la escalera. La casa olía igual que siempre: a madera pulida, a flores frescas que los empleados cambiaban cada mañana, a una pulcritud que nunca lograba sentirse como hogar. Se quitó los zapatos con lentitud, agradeciendo el alivio inmediato en las plantas de los pies, cuando entonces lo escuchó. Un sonido. Amelia se quedó inmóvil. No era un ruido fuerte, ni escandaloso. Era algo amortiguado, irregular, proveniente del piso superior. Un murmullo apenas perceptible, seguido de un jadeo ahogado. Frunció el ceño, tratando de identificarlo, convencida al principio de que el cansancio le estaba jugando una mala pasada. Alzó la vista hacia las escaleras. ¿Acaso Alessandro había llegado temprano de la oficina? La idea le provocó una extraña mezcla de sorpresa y ansiedad. Su esposo era un hombre obsesionado con el trabajo… o al menos eso era lo que ella siempre se repetía para justificar sus ausencias. Jornadas interminables, cenas de negocios, viajes repentinos. Excusas que Amelia aceptaba en silencio, aunque en el fondo sabía que no eran más que eso: excusas para no verla. Desde que se habían casado, hacía ya tres años, Alessandro siempre la evitaba a toda costa. No importaba cuántas veces ella intentara ser amable, acercarse, preguntarle por su día o simplemente compartir el mismo espacio; él siempre encontraba la forma de despreciarla con su indiferencia. No con gritos, no con insultos directos, sino con algo mucho peor: el vacío. Jamás la había tocado un solo pelo. Ni siquiera la noche de bodas. Amelia tragó saliva al recordarlo, sintiendo cómo la vergüenza y la humillación regresaban con la misma intensidad de entonces. ¿Y cómo podría haberlo hecho? Ella lo sabía. Siempre lo había sabido. Era fea. Sus cabellos castaños, sin gracia ni brillo, casi siempre estaban atados en un moño desordenado o en una cola baja que no favorecía en nada su rostro. Usaba lentes grandes y redondos que ocultaban unos ojos que, si alguien se detenía a mirarlos con atención, descubriría que eran hermosos… pero nadie lo hacía. Y la ropa. Dios, la ropa. Siempre tres tallas más grandes de lo que realmente necesitaba, escondiendo su cuerpo como si fuera algo de lo que avergonzarse. Amelia parecía un renacuajo al lado de su esposo. Porque Alessandro De Luca era todo lo contrario a ella. Guapo. Extremadamente atractivo. Alto, de hombros anchos, con un cuerpo fuerte y trabajado que evidenciaba disciplina y control. Su inteligencia era tan afilada como su mirada, y había en él un aura caliente, peligrosa, que sofocaba a cualquiera que se le acercara. Las mujeres lo deseaban. Los hombres lo respetaban. Y Amelia… Amelia solo existía a su sombra. Ella sabía que era insignificante delante de ese hombre. Aun así, nunca había perdido del todo la fe. Una fe tonta, quizás, pero persistente. La esperanza de que algún día Alessandro la mirara como una vez miró a su difunta hermana. Ese pensamiento le atravesó el pecho como una daga. Amelia parpadeó varias veces, intentando ahuyentarlo, pero recordar a Isabella siempre le causaba el mismo dolor punzante, una presión incómoda en el corazón que le robaba el aire. A pesar de que no habían sido particularmente cercanas, la amaba. Aunque, en el fondo, también la envidiaba. Isabella Moretti iba a casarse con Alessandro antes de su muerte. Con el hombre que Amelia siempre había amado en silencio. Con el hombre que ahora era su esposo. Isabella era hermosa. Radiante. Tenía una presencia que llenaba cualquier habitación y una facilidad natural para ser querida. A diferencia de Amelia, siempre había sido amada por todos. Tanto, que incluso después de muerta, seguía estando presente en la vida de ellos dos. Alessandro guardaba fotografías de Isabella en su despacho. Cuadros pintados con su rostro decoraban distintos rincones de la casa, especialmente la sala, como si aquel espacio hubiera sido diseñado para rendirle culto. Su obsesión por ella no se había ido jamás. Isabella seguía siendo una presencia constante, una sombra silenciosa que se interponía entre Amelia y cualquier posibilidad de ser vista. Ella vivía a la sombra de un amor que nunca fue suyo. El sonido volvió a escucharse. Más claro esta vez. Amelia se tensó. No era imaginación. Había respiraciones entrecortadas, un gemido suave, casi contenido. El estómago se le revolvió de inmediato, y una sensación helada le recorrió la espalda. Sus dedos se cerraron en puños a ambos lados del cuerpo. —¿Alessandro? —llamó, apretando los dientes. Su voz sonó insegura, frágil, incluso para sus propios oídos. No hubo respuesta. El ruido continuó. Amelia sintió cómo el corazón comenzaba a latirle con fuerza desmedida. Era imposible. En aquella casa solo vivían ellos y los empleados, y sabía perfectamente que Alessandro tenía amantes. No era ningún secreto. Salía en revistas, en eventos, siempre acompañado de mujeres hermosas, sofisticadas, mujeres que no se parecían en nada a ella. Pero llevarlas a su casa… No. Nunca lo había hecho. ¿Por qué lo haría ahora? Con las piernas temblorosas, Amelia comenzó a subir las escaleras. Cada escalón le parecía más pesado que el anterior, como si su cuerpo supiera que no debía seguir avanzando, como si intentara advertirla. El sonido se hacía cada vez más claro, más inconfundible. Su respiración se aceleró, y las lágrimas comenzaron a acumularse en sus ojos incluso antes de llegar al pasillo. El ruido provenía de su habitación. De su cama. Amelia se detuvo frente a la puerta, sintiendo cómo el mundo se le venía abajo. El pecho le ardía, y el nudo en la garganta le impedía respirar con normalidad. Durante un segundo, pensó en darse la vuelta, en fingir que no había visto nada, en huir. Pero algo dentro de ella, algo cansado de ser invisible, la empujó a abrir. La escena la golpeó con brutalidad. Alessandro estaba allí. En su cama. Con otra mujer. Los cuerpos entrelazados, el movimiento inconfundible, la intimidad que jamás le había sido concedida a ella. Amelia sintió cómo las lágrimas comenzaban a caerle por las mejillas sin control, silenciosas, calientes. El dolor era tan intenso que le nublaba la vista, pero aun así no apartó los ojos. —Alessandro… —su voz salió rota—. ¿Qué m****a estás haciendo?Ginevra se volteó con una lentitud calculada, permitiendo que la luz tenue de las lámparas de diseño de la estancia se reflejara en sus ojos brillantes por las lágrimas contenidas. Caminó hacia él con una parsimonia que crispaba los nervios de Alessandro, sosteniendo la prueba de embarazo entre sus dedos. Al llegar frente a él, se la tendió con una indiferencia gélida que contrastaba con la tormenta que se desataba en el interior del hombre. Alessandro arrebató el papel de sus manos con un gesto cargado de rabia, sintiendo que el pulso se le aceleraba violentamente mientras sus ojos recorrían el resultado positivo. El silencio en el departamento era asfixiante, solo roto por el sonido de la respiración agitada de Alessandro, quien apretaba el papel hasta arrugarlo, deseando que esa realidad simplemente desapareciera bajo la presión de sus dedos.—Necesito que te hagas cargo de este embarazo de inmediato, Alessandro. No voy a ser la otra mientras tú juegas a la familia feliz. Quiero q
Alessandro apretó los dientes con una fuerza tal que sintió un dolor agudo irradiando hacia su mandíbula. La sangre parecía hervirle en las venas y la cabeza comenzó a darle vueltas, sumiéndolo en una espiral de incredulidad y rabia contenida. ¿Cómo mierda era posible que esto estuviera ocurriendo precisamente ahora? Repasó mentalmente cada encuentro, cada noche compartida en la , y la seguridad de sus actos lo golpeó: ni una sola vez, ni una maldita vez, se había descuidado con ella. Siempre había sido meticuloso, siempre había usado protección para evitar cualquier lazo permanente que lo atara a Ginevra, y ahora ella venía a soltarle una noticia que amenazaba con dinamitar su mundo. Un sudor frío le recorrió la espalda, calando su camisa de seda. El tiempo no podía ser más cruel; justo cuando Amelia estaba embarazada de su heredero legítimo, justo cuando ella había decidido bajar la guardia y perdonar años de desplantes las consecuencias de sus errores lo golpeaban.—Necesito salir
Vittorio abrió la puerta de la habitación de la clínica con un movimiento suave, casi quirúrgico, sintiendo cómo el característico olor antiséptico y el aire filtrado flotaban a su alrededor, impregnando sus ropas. Caminó con pasos lentos y amortiguados por el piso de vinilo hasta llegar al costado de la cama donde, bajo una luz blanca y mortecina, yacía Isabella Moretti. Ella estaba allí, sumergida en un coma profundo que parecía eterno, una quietud absoluta que contrastaba con la turbulencia de los años que habían pasado. Vittorio apretó los puños con una fuerza que le hizo clavar las uñas en las palmas de las manos, sintiendo una furia gélida recorrerle la columna. Para él, ver a su Isabella en ese estado era un recordatorio constante de su fracaso y del accidente que lo cambió todo, un desastre que él atribuía enteramente a la intervención de la mojigata de Amelia. No veía la hora en que ella despertara, que esos ojos volvieran a abrirse para retomar el control de la vida que les
Alessandro sostuvo a Amelia entre sus brazos con una firmeza protectora mientras bajaba del auto, asegurándose de que cada uno de sus movimientos fuera lo más suave posible. Amelia rodeó su cuello con las manos, ocultando su rostro en el hueco de su hombro mientras sentía el corazón latiéndole con una fuerza incontrolable; no era solo la emoción de estar de regreso, sino una vibración caliente y persistente en su vientre que le recordaba a cada segundo la vida que crecía en su interior. Habían vuelto a Milán después de los turbulentos días en Dubái, dejando atrás el caos y el miedo. Zayed había caído en manos de las autoridades locales inicialmente gracias a las grabaciones de seguridad del hotel que captaron su entrada forzada a la suite, pero Alessandro, se había encargado de que el hombre desapareciera de la faz de la tierra apenas unos días después de su arresto. Lo que Zayed le había hecho a Amelia, el atrevimiento de ponerle una mano encima y poner en riesgo su embarazo, no tení
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