CAPÍTULO — La vida que crece
Sofía llegó a media mañana, sin apuro, como llegan las personas que saben que no necesitan anunciarse para ser bienvenidas. Carolina la reconoció antes de que dijera una palabra. No por el sonido de los pasos, sino por algo más sutil: la forma en que el aire del cuarto cambiaba cuando ella entraba.
Antes no creía en energías ni en auras, pero desde que había dejado de ver, sus sentidos estaban alertas de otra manera. El oído, el tacto, los aromas. Todo llegaba distinto. Y con Sofía era casi matemático: cuando se acercaba, algo cambiaba. El ambiente se volvía más liviano. El perfume era inconfundible.
—Hola, Caro —dijo cerca—. ¿Cómo estás hoy?
Carolina estaba sentada en la cama, con la espalda apoyada en los almohadones y las manos cruzadas sobre el regazo. Tenía los ojos cubiertos, como seguiría teniéndolos todavía un tiempo más, pero el resto del cuerpo estaba despierto.
—Hola… estoy rara —respondió—. Cansada… sensible. Todo me afecta más.
Sof