CAPÍTULO — La visita
La tarde estaba tranquila cuando tocaron el timbre. Un sonido de esos que no anuncian nada, pero igual incomodan.
Carolina estaba sentada en el sillón, con las piernas recogidas y una manta liviana sobre ellas. Tenía los ojos cubiertos, como seguiría teniéndolos todavía unos días más, pero el oído estaba atento a todo. Desde que había vuelto a la casa de su madre, escuchaba distinto. Como si el cuerpo hubiera aprendido a defenderse por otros lados.
—Yo atiendo —dijo Betina desde la cocina.
Carolina no preguntó quién era. Escuchó pasos, una puerta que se abría, voces conocidas.
—Hola, Betina… —dijo Sandy, con ese tono suave que usaba cuando quería parecer inofensiva—. Vine con mamá.
Teresa habló después, más despacio.
—Buenas tardes… ¿Cómo está Carolina?
Carolina cerró los dedos sobre la manta. Reconoció las voces sin esfuerzo. No se movió.
—Pasen —respondió Betina, correcta, sin entusiasmo. Recordó lo que había hablado con Gabriel y supo que, si necesitaban prueba