El beso se volvió una súplica ardiente, un lazo invisible que los ataba, como si ambos lucharan contra la tormenta de sentimientos que amenazaba con consumirlos. Roma sintió que el mundo se desvanecía a su alrededor. La razón le gritaba que se alejara, que no debía permitirlo, pero su cuerpo tenía otros planes.
Sus manos se aferraron con desesperación al cuello de Giancarlo, como si, al soltarlo, se desplomara en un abismo sin retorno. No quería dejar de besarlo. No quería recordar el dolor que