Roma y Giancarlo no podían dejar de mirarse, ambos con el corazón latiendo de forma distinta ese día.
Había nervios en el aire, sí, pero también un dejo de nostalgia que se pegaba al pecho como si fuera un perfume imposible de ignorar.
Ese día, despedían a Tory.
El reloj marcaba las cinco de la tarde y los últimos rayos del sol atravesaban las cortinas de la casa Savelli, tiñendo las paredes de un dorado melancólico. Afuera, la familia se movía con sigilo, preparando la fiesta sorpresa.
Pero ade