El hombre corrió a una puerta de trebejos, su corazón latía con violencia dentro de su pecho.
Detrás, ocultos de miradas indiscretas, encontró los garrafones de gasolina que había traído disfrazado de guardia. Todo había salido según su plan: nadie sospechó de él al entrar.
Con una frialdad escalofriante, comenzó a vaciar la gasolina por todo el segundo piso. El fuerte aroma a combustible impregnó el aire, se filtró por las rendijas del suelo y las paredes. Sus manos temblaban de ansiedad, pero