El auto avanzaba por la carretera, la lluvia golpeaba con furia sobre el vidrio, la ciudad desaparecía en la neblina que formaban las gotas, mezclándose con el sonido constante del agua cayendo.
El vehículo se detuvo frente a una cabaña solitaria, rodeada de árboles desnudos por el invierno.
La atmósfera era tan oscura como la tormenta, y Roma miró a su alrededor con desconfianza.
—Señor, hemos llegado —dijo el chofer con voz apagada.
Roma alzó la vista, sus ojos reflejaban confusión y agotamien