«—Mamita, estoy feliz, si tú eres feliz… ¡Gracias por encontrar a un papito que ya no te hace llorar!
La voz de Benjamín resonaba en su mente como un eco bendito.
Allí estaba él, frente a ella, con su carita iluminada por una sonrisa radiante, sus ojitos llenos de vida, sanos, fuertes… como siempre debió haber estado.
Roma quiso tocarlo, acariciar su rostro, envolverlo en un abrazo del que nunca escapara.
Pero cuando estiró la mano, su pequeño se desvaneció como niebla bajo el sol»
Despertó co