—¡Annia! —gritó Mateo, su voz quebrada por la incredulidad y la desesperación que lo ahogaban.
La mujer delante de él no reaccionó. O tal vez no escuchó, o peor aún, simplemente lo ignoró.
Cada segundo que pasaba, Mateo sentía que el aire se le escapaba, y un escalofrío recorría su espalda.
Todo en ella era tan inconfundiblemente Annia: el cabello oscuro cayendo en ondas suaves sobre sus hombros, el brillo misterioso en sus ojos, los labios delicados que tantas veces había besado con fervor en e