En el hospital
Matías estaba en la sala de espera, caminando de un lado a otro, con las manos temblorosas y el corazón a punto de salirse del pecho.
No podía quedarse quieto.
Cada segundo, sin noticias de Fernanda se le hacía eterno. Su mente no dejaba de repasar la escena una y otra vez: el golpe, la sangre, el miedo en los ojos de su esposa antes de perder el conocimiento.
Un nudo se formó en su garganta. Nadie le decía nada. Nadie se acercaba a darle la información que tanto necesitaba.
—¡¿Po