El padre de Beth estaba frente a ese hombre, con su hijo Humberto a su lado. La tensión en la habitación se sentía densa, sofocante.
—Ayúdeme —dijo con voz firme, sosteniendo un cheque en la mano—. Les daré ahora mismo ciento cincuenta mil dólares.
El viejo sonrió con burla, como si el dinero ya le perteneciera.
—No, padre, no necesitamos esto —protestó Humberto, cruzándose de brazos.
—¡Cállate, mocoso! —le espetó su padre con un tono autoritario—. Claro que acepto.
Bruno Félix esbozó una sonris