Roma se estremeció ante las palabras de Giancarlo, como si una ola de frío recorriera su cuerpo.
Sus ojos se encontraron con los suyos, pero en su mente no había espacio para nada más que una imagen: su hijo.
Todos los años de humillaciones, de dolores silenciosos, de sacrificios por los que había callado... Ahora, todo había desaparecido.
El sufrimiento de su alma no importaba ya. Lo único que quedaba era el ardor de la venganza, esa que quemaba en su pecho con la intensidad de mil inviernos.
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