—¿Aceptas, Roma?
Las palabras de Giancarlo se clavaron como dagas en su mente.
Roma sintió el peso del momento; un temblor recorrió sus labios mientras su corazón palpitaba con fuerza. Por un instante, el rostro de Benjamín se dibujó en su mente, su sonrisa tímida y sus ojos llenos de preguntas inocentes. Pensó en todas las veces que había prometido protegerlo, en su juramento de no llorar por un hombre, ahora su hijo no estaba vivo, no tenía nada por ganar o perder.
Con un suspiro profundo, cer