POV. Valentina
Miami nunca se callaba. Incluso a las tres de la mañana, si pegabas la oreja a la ventana de mi viejo apartamento, podías escuchar el zumbido sordo de la autopista, la sirena lejana de una ambulancia cruzando la Calle Ocho o las discusiones amortiguadas de los vecinos del piso inferior. Era un ruido caótico, sucio, pero era el ruido de la vida.
El silencio de Florencia, en cambio, era un animal completamente distinto. Pesaba. Se te metía en los oídos como una presión subterránea