Cuando Alba volvió se recostó en la cama, no quería saber nada y Marisa le llevó aquel té.
—¿Qué sucede, mi niña? Cada día te veo más triste, me inquietas, dime, ¿Qué sucede? ¿Qué es lo que necesitas para ser feliz? ¡Lo tienes todo!
—¡No tengo nada! Nana, solo a un esposo que no me ama, que me miente, y que… ¡Podría ser un asesino!
Marisa abrió ojos enormes.
—¡¿Qué cosas dices, niña?! ¡No! ¿Qué pruebas tienes para afirmar algo tan cruel, Alba?
—La gente lo dice, gente muy cercana a los hech