Una mujer muy brillante.
La tensión en ese lugar se podía cortar con el filo de una copa.
Las miradas convergían, algunas por curiosidad, otras por incomodidad. Gabriel León se mantenía erguido, con la copa sostenida entre los dedos con una calma calculada y la seguridad de quien no teme jugar en territorio hostil, ni mucho menos enfrentarse a ojos que juzgan.
No solía provocar, pero tampoco era de los que se tragaban verdades cuando éstas podían cortarse como vidrio, y mucho menos si Sebastián Moretti estaba involucra