Muerta en vida.
La ausencia de Sebastián Moretti se fue transformando en un rumor que se apagaba lentamente, como una hoguera que había ardido demasiado fuerte y de pronto quedaba reducida a brasas inofensivas, incapaces de calentar a nadie.
Con el paso de las semanas, el silencio en torno a su nombre se volvió más pesado que su presencia misma.
Nadie sabía con certeza si se encontraba en Italia, en Suiza o en algún refugio de lujo donde pudiera convencer a su propio reflejo de que aún tenía el control de algo.