Muerta en vida.
La ausencia de Sebastián Moretti se fue transformando en un rumor que se apagaba lentamente, como una hoguera que había ardido demasiado fuerte y de pronto quedaba reducida a brasas inofensivas, incapaces de calentar a nadie.
Con el paso de las semanas, el silencio en torno a su nombre se volvió más pesado que su presencia misma.
Nadie sabía con certeza si se encontraba en Italia, en Suiza o en algún refugio de lujo donde pudiera convencer a su propio reflejo de que aún tenía el control de algo.
Su figura, que antes ocupaba titulares con desplantes y escándalos, fue desapareciendo de las portadas.
Ni siquiera servía ya como pretexto para atacar a Isabella.
Lo único que los medios repetían, casi como un mantra, era que el proceso de divorcio continuaba estancado, detenido en un limbo judicial provocado por la arrogancia de un hombre que se negaba a firmar, como si con ese gesto pudiera retener lo que ya había perdido.
Mientras tanto, Alessia Bertone también había desaparecido como si l