Tres días después de aquel silencio venenoso, la mansión volvió a abrirse para Kenji. Las puertas dobles giraron despacio, dejando entrar una ráfaga de aire húmedo y nocturno. Entró con paso seguro, los hombros tensos, pero sin el brillo en los ojos. Parecía un soldado regresando de una guerra privada.
Julieta, sentada en el sofá con las manos sobre el vientre, ni siquiera lo miró. Su cabello caía suelto sobre los hombros y su piel estaba más pálida que nunca. Él tampoco la miró: cruzó el vest