El humo del bar dibujaba remolinos lentos alrededor de Kenji y Mara. La luz era tenue, anaranjada, y hacía brillar los bordes de los vasos con destellos de cobre. Él, aún con la chaqueta medio abierta, todavía apoyaba los codos en la barra; los nudillos, marcados de tensión, palpitaban levemente. Los dos vasos frente a él tenían más alcohol que hielo. Afuera llovía y las gotas golpeaban los cristales con un ritmo irregular, como si acompañaran su respiración rota.
—¿Qué haces aquí? —Preguntó K