Kenji parpadeó, incrédulo, con las manos apretadas en puños. El salón de Mara parecía encogerse a su alrededor: las cortinas pesadas, el reloj marcando los segundos, el olor dulzón del incienso mezclado con café frío. Todo giraba despacio, como si estuviera bajo el agua.
—¿Qué? —La palabra salió seca, cortante, como un filo que se quiebra.
Mara inclinó apenas la cabeza, con una expresión dolida que enmascaraba su satisfacción. Tenía los ojos húmedos, pero en el centro de sus pupilas había un