Las últimas semanas habían sido un campo minado. Kenji se iba sin avisar, regresaba a horas imposibles y nunca decía adónde. Julieta lo notaba cada vez más ausente, con la mirada perdida en algún punto donde ella no alcanzaba. Sus palabras, antes suaves y tranquilizadoras, se habían vuelto secas. Las discusiones estallaban por cualquier cosa, sin aviso, como chispas sobre gasolina.
Aquella mañana, en la mansión, el aire estaba pesado, inmóvil, como si hasta los relojes dudaran en avanzar. Juli