La sala de juntas de la Agencia parecía una catedral de acero: paredes grises, ventanales negros que no dejaban ver el exterior, una mesa larga iluminada apenas por pantallas incrustadas. El aire olía a metal y a amenaza. En el centro, Mara se mantenía erguida, con las manos apoyadas sobre la mesa, hablando con la misma calma con que se le clava un cuchillo a alguien. En sus ojos, sin embargo, vibraba un destello de ansiedad contenida.
—Estoy segura de que la hemos doblegado. —Su voz fue un cor