El aire fresco de la mañana se colaba por las cortinas blancas de la habitación. Julieta estaba recostada en la enorme cama, rodeada de almohadas, con un gesto de aburrimiento dibujado en el rostro.
―Te lo advierto, si me traes otra sopa insípida voy a lanzártela por la ventana. ―Gruñó mirando a Lianett, que entraba con una bandeja en las manos.
La pelirroja rio, acostumbrada a los arranques de su amiga.
―Y yo te advierto que si no comes, la doctora me mata y después te mato yo. ―Respondió,